domingo, 8 de abril de 2018

* Penumbra *

***Feliz Domingo para todxs.

El cono de sombras que ha dejado en tinieblas a América Latina en una especie de eclipse maldito, parece no tener fin.

Ya no *educa* la escuela, sino los medios de comunicación..
La opinión del sicario de saco y corbata que ponen en horario central de cualquier telediario o noticioso, vale más que los miles de libros de historia que nos enseñaron la complejidad de la civilización.

Y de esa *para-escuela* solo egresan individuos con un título deshonorable bajo el brazo; 
*Licenciado en Egoísmo*.

Los medios concentrados son hoy quienes atrofian la razón, inoculan el odio, instalan la difamación, distorsionan la realidad, y anestesian al individuo.

La re-programación mental de las masas es posible gracias a éstas cuevas mediáticas, verdaderos centros de orquestación de realidades virtuales basados en la ingeniería social que peligrosamente ahora se ha trasladado a la telefonía móvil, que es en definitiva, no sólo un buen medio de distracción y coptación de la atención del individuo, sino también una herramienta a través de la cual, se le *invita* a descubrir noticias falsas, contra-ideología encubierta, y una serie de articulaciones perfectamente hilvanadas para volverlo un perfecto egoísta manipulado.

Cuando descubrimos lo que está detrás de las grandes cadenas informativas del mundo no hay mucho que preguntarse a la hora de entender porqué estamos en penumbras.

Cuando nos preocupamos por salir de la ignorancia con respecto a las leyes de radiodifusión y conocemos el entramado, tampoco queda mucho por preguntarse, y un buen ejemplo lo da la nota del Periodista español Pascual Serrano;



Y cuando algún Gobierno intenta desentramar y democratizar la ley de radiodifusión, pasa lo del AFSCA...

Pese a todo, incluso a ésta hora aciaga que parece no tener fin sobre los pueblos *ourobóricos* que a sí mismos se están devorando sin darse cuenta..., todo va a pasar, tal como cíclicamente pasa.

Tal vez la compresión sobre el cuello de las libertades amerite una reacción que siempre llega, en su debido momento, y aún cuando el cono de sombra parezca haber llegado para quedarse indefinidamente, 
Todo pasa.., y va a pasar.



-*Brasil no es para principiantes*, sostuvo con su poética despiadada Tom Jobim.

Entender este país exige una inmensa capacidad de imaginación sociológica. El Brasil de hoy conserva sus marcas históricas, la sociogénesis de un pasado que revive día tras día en la prepotencia de sus élites, en la persistencia de sus estructuras esclavistas y en un sistemático desprecio hacia la democracia y hacia los derechos de casi todos sus habitantes, transformados en extranjeros dentro de una nación sin patria.

La historia de Brasil ha sido modelada a golpes y engalanada por narrativas indulgentes que han pretendido explicar lo inexplicable. En definitiva, aunque todo funcione mal, Dios y la alegría son brasileños. 
¿Qué más se puede pedir?
Un país cuya independencia fue proclamada por un príncipe, hijo del rey de Portugal, que se consagró emperador *constitucional* y defensor perpetuo del país. Una nación independiente que nació como imperio. Un imperio que permanece hasta hoy gobernado por sus dueños.

Así, la democracia ha sido una excepcionalidad en la historia brasileña. A falta de democracia política y social, Brasil inventó la *democracia racial*, una ficción doctrinaria que bien podría haber servido para construir el imaginario de una sociedad igualitaria, pero que se transformó en el mito que oculta un racismo institucional que transforma a millones de seres humanos en sujetos del desprecio y la exclusión. 

En la segunda nación con mayor población negra del planeta, la historia la escriben los blancos, el poder y la riqueza la acumulan los blancos, las oportunidades las secuestran siempre los blancos. Los blancos, esos que viven indiferentes ante la violencia y la segregación de los ciudadanos y las ciudadanas silenciados, invisibilizados, abandonados: pobres, negros, campesinos, indígenas, mujeres y niñas violentadas, violadas, seres humanos sin techo, sin tierra, sin nombre, sin derechos.

Brasil, un país continental, repleto de golpes. Y de mentiras. Cuando el régimen militar derrocó al presidente democrático Janio Quadros, en 1964, prometió restablecer el orden institucional en apenas un día. Permaneció en el poder 21 años. El primer editorial de diario O Globo, después del golpe, sentenciaba: *resurge la democracia*.

Y la democracia resurgió, pero dos décadas más tarde, sustentada en una ley del olvido y de la impunidad frente a los crímenes militares. Nadie sería juzgado. Nadie condenado. El poder se delegó en un presidente elegido de forma indirecta, sin el voto popular, que murió antes de asumir el cargo, transfiriendo así el mandato a un cacique inexpresivo y gris, con aspiraciones de poeta mediocre y heredero feudal de una de las regiones más miserables del país. La democracia quiso resurgir, pero no pudo.

Recién en 1989 se realizarían las primeras elecciones presidenciales desde 1960. Durante casi 30 años, Brasil había conseguido vivir al margen de la más diminuta e imperceptible democracia representativa. Sus élites, sin embargo, explicaban que el período de excepción dictatorial había constituido un verdadero *milagro*, y así comenzó a ser llamado el particular proceso por el que una nación que llegó a crecer más de 30% en apenas un año, pudo transformarse al mismo tiempo en una de las sociedades más injustas y desiguales del planeta.

La historia brasileña desde los años 90 es, más o menos, conocida. Fernando Collor derrotó a Lula con el apoyo solidario de la Red Globo. Collor fue destituido y asumió Itamar Franco, que no hizo casi nada, aunque era bonachón y solía fotografiarse cerca de muchachas sin ropa interior, lo que hizo pensar a muchos que se trataba de un buen presidente. A Itamar lo sucedió el príncipe de los sociólogos, Fernando Henrique Cardoso, que también derrotó a Lula y exigió que, quienes conocían su pasado, olvidaran todo lo que había escrito. 

En 1998, Lula volvió a ser derrotado por Fernando Henrique, que además de avanzar en un plan de privatizaciones, nunca revirtió y, en algunos casos, empeoró las ya deterioradas condiciones de vida de los más pobres. Durante sus dos mandatos, la pobreza creció o se mantuvo estable, alcanzando, en 2002, al 31,8% de la población. 
Ese año, Lula ganaría finalmente las elecciones presidenciales.

El ocaso del gobierno Cardoso significó el agotamiento o, por lo menos, el profundo deterioro de un modelo de acumulación y dominación que había imperado desde la transición democrática. A pesar de la crisis del régimen, las élites brasileñas confiaban en que Lula no significaría una amenaza a sus intereses corruptos y mezquinos. Razones tenían. 

El ex líder metalúrgico, había escrito una carta al pueblo brasileño en la que prometía no amenazar la riqueza y las propiedades de los más ricos, sino desarrollar un programa de inclusión social que sería beneficioso para el país. Si le creyeron porque no les quedaba otro remedio o porque confiaron en que, finalmente, lo habían derrotado, no podremos saberlo. Lo que sí sabemos es que el ex líder metalúrgico no mintió y desarrolló un inédito programa de reformas sociales cuyos resultados fueron excepcionales.

La pobreza bajó significativamente, reduciéndose en 12 años más del 73%. La llamada pobreza crónica pasó del casi el 10% al 1%. Todos los sectores sociales aumentaron sus niveles de ingreso. Los más ricos, por ejemplo, 23%. Pero los más pobres, 84%. Brasil dejó de ocupar el humillante mapa del hambre de la FAO, ampliando oportunidades y condiciones de bienestar hasta entonces inimaginables entre los sectores más pobres del país.

Pero los grandes indicadores sociales, educativos y económicos, en definitiva, el excelente desempeño de su gobierno, no fue lo que dotó a Lula de inmenso reconocimiento y aprobación. Lo que lo transformó en un verdadero mito, en una personalidad de culto y admiración por parte de los sectores populares, fue el carácter fundacional que adquirió su mandato. Los pobres pueden no codificar la sociología o la economía con los encriptados códigos teóricos de los intelectuales, pero no por eso son menos sutiles y perspicaces a la hora de comprender su propia realidad social.

Los pobres saben, por ejemplo, que el ingreso tiene que ver con sus capacidades y oportunidades de bienestar. Así, operacionalizan esta evidencia en indicadores muy concretos, por ejemplo, tener o no acceso a mayores y mejores niveles educativos, tener posibilidades de acceso al crédito que permite comprar una casa propia o algunos bienes de consumo básicos, tener energía eléctrica, cloacas, agua potable y, cuando exageran en sus aspiraciones de bienestar, poder viajar a visitar sus seres queridos en avión.

Todo esto, que constituye un inventario de derechos y oportunidades básicas en cualquier república moderna, nunca había estado al alcance de millones de brasileños y brasileñas. El gobierno de Lula, y posteriormente el de Dilma, ofrecieron, por primera vez, la oportunidad efectiva de sentirse ciudadanos y ciudadanas a un inmenso contingente de personas que habían sido despreciados, descartados y humillados por unas élites que fingían desconocer su existencia como sujetos de derechos o como simples seres humanos con necesidades elementales nunca satisfechas.

Lula vino a reparar esta injusticia histórica. Y lo hizo con una enorme capacidad de gestión y ejerciendo un fuerte liderazgo político, dentro y fuera del país.

La avasalladora fuerza de Lula tomó de sorpresa a unas élites indolentes e ignorantes que suponían que un obrero metalúrgico sin instrucción universitaria fracasaría en su afán de dirigir los destinos de la décima potencia económica del planeta.

En una década, Lula y Dilma, redujeron en 53% el déficit de acceso a la vivienda digna. Construyeron más de 1 millón 700 mil casas populares, universalizaron el acceso a la energía eléctrica en un país con una inmensa desigualdad energética, redujeron significativamente el porcentaje de domicilios con acceso a agua, duplicaron la matrícula universitaria, construyeron más universidades y escuelas técnicas que en toda la historia del país hasta el 2002. Todas estas políticas fueron el resultado de poner a los pobres en el centro del presupuesto nacional, beneficiaron especialmente a la población rural, a las mujeres, los jóvenes, las comunidades indígenas y la población negra.

Si quisiéramos entender Brasil con ojos argentinos, aunque con enormes diferencias y especificidades históricas, deberíamos pensar que Lula cumple un papel mucho más cercano al que Perón ejerció desde 1946, que al de Néstor Kirchner desde el 2003, ante la crisis del 2001. El presidente Kirchner tuvo un papel excepcional en fundar las bases de una república construida sobre los pilares de la igualdad, los derechos humanos y la justicia social. Lo hizo con una gran capacidad de gestión, gobernando un país en ruinas, pero teniendo como referencia un imaginario y una historia que pretendía ser recuperada o refundada.

Lula no. 
Lula es el fundador. 
El gran arquitecto democrático de un Brasil, que nunca existió.

La poderosa y contundente consigna de que *la patria es el otro*, es la emotiva síntesis de una década de realizaciones que hemos conquistado colectivamente. La síntesis que gana sentido y referencialidad en un pasado común y se encarna de manera viva en la necesidad de construir un nuevo presente. Es el pasado que se proyecta y se espeja en nuestros grandes líderes democráticos históricos,Yrigoyen, Perón, Evita, Cámpora, Alfonsín, así como en las víctimas de la dictadura y en nuestras heroicas madres y abuelas. 
Es el futuro posible, ante la existencia de un pasado real.

Brasil no tuvo ese pasado. Ni ningún otro comparable. Medio siglo más tarde que la Argentina, Brasil cumplió el mandato que muchas veces les ha cabido en América Latina a los gobiernos populares: ser las administraciones que instalan, construyen y defienden un orden republicano, modernizador y democrático, frente a la barbarie predatoria que imponen unas élites del atraso que siempre parecen tener nostalgia de la Edad Media.

Lula funda el Brasil republicano. Es el líder que no está dispuesto a aceptar que no haya espacio para todos y todas en un país de iguales. Y el que, sin tapujos ni remordimientos hipócritas, no tiene miedo de decir que aspira a que todos vivan mejor, que los pobres puedan comer bien, vivir bien, tener sus hijos en las universidades, ser propietarios de las casas en las que viven. Lula no aspira a ser un hippie con onda, predicando una crítica desenfocada a los bienes de consumo. Porque sabe que de ellos depende la posibilidad de hacer de la vida digna una oportunidad efectiva y no una falsa promesa.

¿Por qué el juez Moro encarcela a Lula sin otra prueba que su propia convicción? Porque ha sido la estrategia que el poder financiero =improductivo y predatorio=, el gran monopolio comunicacional que es la Red Globo, y sectores políticos conservadores =entre ellos, el del ex presidente Fernando Henrique Cardoso= han encontrado para acabar con lo que creen ser un antecedente inaceptable para ese Brasil egoísta y mezquino cuyos privilegios siempre han preservado. No aceptan que Lula vuelva al poder. Creyeron que el golpe contra Dilma Rousseff lo hundiría. Se equivocaron. Ahora creen que, encarcelándolo, podrán silenciarlo. También se equivocan.

Quieren acabar con ese metalúrgico porfiado y persistente que parece no estar dispuesto nunca a rendirse y entregar las armas de la dignidad, la confianza en la política y la certeza en el valor de las movilizaciones populares. Pero también quieren acabar con todos los Lulas que están por venir. Quieren acabar con lo que consideran un virus fatal contra sus privilegios y su impunidad corrupta: la posibilidad de que muchos y muchas puedan pensar que, si alguna vez un metalúrgico sin escuela, nordestino y pobre, pudo gobernar el país, otros y otras como él podrán hacerlo.

Están encarcelando a Lula, encarcelan una idea. Aspiran a encarcelar el futuro. No podrán. No habrá espacio en las cárceles para esa multitud de hombres y mujeres libres, que seguirán luchando por la construcción de un futuro que les pertenece y nadie podrá robarles.

Pablo Gentili-Secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.



LULA LUCHA POR BRASIL Y POR TODOS NOSOTROS

¿Se cierra o se abre en Brasil una etapa histórica? No es posible rendirse a la tentación de lo peor.

No es mucho lo que podemos agregar a la nota *Vergüenza* que publicamos el 30 de enero a propósito de la farsa judicial que condena a Lula a 12 años de cárcel. En estos momentos el líder brasileño libra la única batalla que puede combatir: explotar políticamente las modalidades de los procedimientos con los que va a ser conducido a prisión. Abroquelado en el sindicato de Metalúrgicos de Sao Bernardo do Campo, en San Pablo, negocia los más y los menos de su ida a la cárcel, mientras una gran manifestación de cariño popular lo arropa.

El terremoto político que supone arrebatarle al pueblo brasileño al casi seguro vencedor de los próximos comicios presidenciales de octubre, va a ser enorme. No soy abogado ni entiendo de procederes leguleyos, pero me parece evidente que la persecución a Lula se ha basado en artimañas y no en recursos legítimos. 

Fiscales y jueces se han valido de expedientes contrarios a justicia, como son el cumplimiento anticipado de condenas antes de que tengan sentencia firme y el pronunciamiento de estas valiéndose de expedientes tan absurdos como dar como suficiente prueba la presunción de culpabilidad. Es decir, de invertir la carga de la prueba, como es el caso del fallo que condenó a Lula sin pruebas fácticas y sin otros argumentos que la presunción de una evidencia. Algo parecido, pero peor, a las prisiones preventivas por la sospecha de conservar *poder residual* que se han puesto de moda en Argentina.

Todo esto, en efecto, se da en un marco de retroceso institucional que excede a Brasil y afecta al conjunto de América latina. Pero se torna doblemente agudo al producirse en el mayor país del subcontinente. 
Lo de Brasil está asumiendo las proporciones de un auténtico desastre. Puesto en marcha con el derrocamiento *institucional* de la presidente Dilma Rousseff y generalizado después con una judicialización de la política, medida con doble rasero pues golpea a los unos y preserva a los otros, la oleada golpista está aboliendo las libertades esenciales en Brasil, desguazando su economía e introduciendo una reforma laboral de un reaccionarismo sin precedentes y que, no nos engañemos, se perfila como modelo a seguir en otras repúblicas suramericanas.

Suramérica está bajo ataque, para utilizar una frase que los políticos estadounidenses gustan de usar ; *America is under attack* cada vez que las vibraciones del mundo golpean a su puerta. El cambio de paradigma en la política mundial y la fase crítica en que han entrado las relaciones internacionales han crispado a los poderes fácticos de la potencia ejecutiva de la burguesía mundial. 

El estado de derecho en los países que quiere sometidos a su férula ya representa una molestia a la que conviene suprimir. El golpe contra Dilma fue diseñado para sacar del poder a un gobierno heterodoxo en una época que, para los profetas del neoliberalismo, requiere de soluciones ortodoxas. Esta es la razón de fondo de la oleada neoconservadora que desde hace unos años se desploma sobre América latina.

Los poderes empresariales y bancarios, y los inversores globales, han puesto en marcha en Brasil toda la panoplia de recursos de que disponen para manipular, entontecer y dominar a la opinión pública: el blindaje mediático, la justicia selectiva, la saturación informativa, la calumnia sistemática y, lo último pero no lo menos importante, el miedo. El ejército brasileño, por boca de su jefe el general Eduardo Villas Boas, ya anunció que *comparte el ansia de todos los ciudadanos de bien de repudiar la impunidad…* Los *ciudadanos de bien*… 

El sesgo de clase y racista que contiene la frase no debería ser pasado por alto, sobre todo en un país donde una tercera parte de la población no vería con malos ojos un golpe militar. La prisión de Lula no solamente es un golpe contra la democracia; es también una invitación al caos, pues a partir de aquí el desquicio será aún más grande al abrirse un vacío de poder que puede convertirse en un vórtice.

¿Qué o quién podrá llenarlo sin ser tragado por él?

Enrique Lacolla

Fuerte abrazo.

Gilgamesh***

Fuentes;
-publico
-pagina12
-elortiba

4 comentarios :

לחיים dijo...

+1.

Mario dijo...

Sabia que Lula había sido buen presidente... pero no tenía idea que tanto.
Si logró todo eso tomando un desastre de pais, cuanto mas se podría esperar..

Mucha luz para los Brasileños.


Saben los tiempos que vivimos y si permiten que alguien brille quien sabe que pueda suceder.

Pero se sigue evidenciando que el poder no lo tenemos el pueblo, aunque lo sabemos como que seguimos esperando que ELLOS cambien...

Abrazos

Star warriors I dijo...

Me ha gustado saber más de ese inmenso y gran país y de su historia. Historia que lamentablemente parece repetirse en muchos sitios del mundo.. Cuando alguien quiere servir verdaderamente a su país, a las clases más desfavorecidas... entonces saltan las alarmas de la oligarquía y se ardua un plan para acallarlo, para quitarlo del medio. La llave más importante para los ricos es que haya muchos pobres y cuanto más ignorantes, mejor.
Pero la llave de los pobres es darse cuenta que son Legión. Que el número hace la fuerza.... Si eso se consigue, tiemblan los cimientos oligárquicos. Ahí están los pensionistas en España!!
Mucha fuerza para los hermanos brasileños y ojalá la justicia gane a la ley...
Buen camino.

Gilgamesh dijo...


Vandinha-Alejandro Arrabal Díaz-Emily La Troyana la genuina-Jenny1;
muchas gracias.


Mario;
el poder lo tenemos Bro, una pena no animarlos a usarlo, abrazo, gracias.


Star warriors I;
comparto plenamente Bro, nada que acotar, gracias amigo, abrazo.